Eli Tarasiuk
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El oficio de leer

Basta de contar libros

La cuenta no medía la lectura. Medía la ansiedad de estar rindiendo cuentas todo el tiempo, incluso en aquello que se suponía que era un refugio.

8 min de lectura

Libro abierto con taza de café y flores sobre mantel de lino

Tengo notas en el celular donde guardo una lista de libros por leer. ¿El objetivo del año? No lo sé, porque después la rutina, las responsabilidades, los estudios y el trabajo se van acumulando. Y también está la vida, porque somos seres sociales: salimos, nos reunimos con amigos una noche, queremos pasar un domingo entero mirando una serie… y la lista de libros sigue ahí.

Esa lista incluía catorce títulos -quizás más-, con fecha de inicio y de finalización al lado de cada uno (porque, si algo nos caracteriza, es ponernos presión y estresarnos cuando la lectura nos invita a algo completamente diferente), como si fueran hitos de un proyecto. Los conté dos veces. Después entré a Instagram y vi que alguien había leído cuarenta y dos libros en un mes. Apagué la pantalla del celular y me quedé mirando el techo, pensando: ¿es posible leer 42 libros en un mes? Quizás sí, pero la pregunta real es otra: ¿cuánto se disfrutó realmente de esas lecturas? ¿Cuánto nos quedó de ellas? Al final, no sentí ganas de leer. Sentí que había rendido un examen y me había ido mal.

Llevaba años haciendo esa cuenta, completando journaling de lectura -que me llevaba más tiempo del habitual- y corriendo una carrera para tachar libros pendientes, pero, honestamente, sin disfrutar realmente de la lectura. Todos los inicios de año se repetía la misma situación, como un loop: abrir la lista del año anterior, compararla con la de antes y prometerme que ese año iba a ser distinto. Más disciplina, más horas, más libros. Y todos los diciembres aparecía la misma sensación de estar atrasada en una carrera que ni siquiera había elegido correr.

Un día me cuestioné por qué contaba o escribía en forma de lista algo que me hacía disfrutar y que, en realidad, no sentía como una carrera contra el tiempo. Cuando me respondí, la verdad fue sumamente cruel: contaba porque el número era lo único que podía mostrar en una red social. Era lo que estaba de moda: las cifras, las reseñas que decían únicamente si un libro me había gustado o no. Cuando, en realidad, los libros, las historias y los propios autores tienen mucho más para contarnos que un simple «me gusta» o «no me gusta».

No podía mostrarle a nadie que un párrafo de Tolstói me había dejado pensando durante tres días. No podía poner en una lista lo que sentí cuando entendí, al releer, algo que la primera vez se me había pasado por completo. Eso no entra en una cifra. Y, como no entraba, actuaba como si no hubiera pasado.

Ahí empecé a sospechar que la cuenta no medía la lectura. Lo que sí medía era otra cosa: la ansiedad de estar rindiendo cuentas todo el tiempo, incluso en aquello que se suponía que era un refugio. La carrera por la visibilidad. El algoritmo. Esa sensación que te da Instagram de que, si no sos viral o no te hacés visible con un reel, no contás para el mundo digital. La sensación de tener pocas visualizaciones y pensar que Instagram iba a «castigar» eso.

Frené. Dejé de publicar durante un tiempo porque no quiero entrar en la moda por entrar. Quiero transmitir lo que yo siento por los libros, lo que realmente me transmiten. Habíamos convertido la lectura en una meta más de productividad, con su propio Excel, su propia meta anual y su propia culpa cuando no se cumplía.

Y la culpa, lo sé por las conversaciones que tengo todas las semanas, no es un detalle menor. Es el motivo por el que mucha gente que antes leía mucho hoy tiene doce libros empezados en la biblioteca y ninguno terminado. No siempre es que no tengan tiempo. Es que, cada vez que agarran uno, en el fondo están pensando en el que dejaron a medias, en el que «deberían» haber terminado ya, en el número al que no van a llegar. Leer con culpa cansa más que no leer.

Dejé de contar hace dos años. No de un día para el otro -al principio fue casi un acto de fe, porque durante mucho tiempo el número había sido mi única prueba de que estaba haciendo bien las cosas-. Pero empecé a notar algo raro: leía más lento y disfrutaba más. Volvía a los párrafos. Subrayaba sin culpa por «perder tiempo». Abandonaba libros sin sentir que fracasaba, simplemente porque no era el momento para ese libro ni para mí.

Y lo más extraño de todo: empecé a recordar mejor lo que leía. Cuando el objetivo dejó de ser sumar, la cabeza dejó de archivar rápido para pasar al siguiente y empezó a quedarse.

Lo que gano al no contar no es más tiempo libre ni más disciplina. Gano otra relación con el libro que tengo entre las manos. Dejo de leerlo como quien tacha un casillero y empiezo a leerlo como lo que es: una conversación con alguien que se tomó el trabajo de escribirlo. Esa conversación no se mide en páginas por día. Se mide en si, al cerrarlo, tenés algo nuevo en qué pensar.

Si esto te resuena -si tenés la sensación crónica de estar atrasada con la lectura, si mirás la pila de libros empezados con más culpa que ganas-, te propongo algo simple para esta semana: no anotes cuántas páginas leíste. Anotá una frase, una idea, una pregunta que te haya dejado el libro. Un solo párrafo alcanza. Eso sí queda. El número, no.

No se trata de leer más lento a propósito ni de convertir esto en otra regla. Se trata de sacarle al libro la única función que nunca debió tener: la de hacerte sentir en deuda. La lectura no te está evaluando. Al contrario: es una de las pocas cosas que quedan que no lo hacen.

La vida es una. Que no se nos vaya contando en vez de leyendo.