Eli Tarasiuk
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Mundo entre líneas

El norte que nadie transcribe

Casi nada de lo que se canta en las rondas de coplas queda escrito en ningún lado. Una forma de literatura que vive solo mientras alguien la canta.

5 min de lectura

Libro abierto sobre mesa de madera con luz dorada filtrada

Salta y Jujuy: tradición oral y coplas

La primera vez que escuché una copla no fue en un libro. Fue en la plaza de Humahuaca, un día de febrero, con el sol pegando fuerte y una caja -un tambor chico, de cuero, que se toca con una sola mano mientras con la otra sostenés el aro- marcando un ritmo seco y constante. Dos mujeres se paraban una frente a la otra y se tiraban versos cortados, con humor, con filo, a veces con una picardía que hacía reír a todo el círculo que se armaba alrededor. Cantaban de memoria, sin papel, sin ensayo visible. Me quedé ahí como una hora, sin entender del todo lo que pasaba, pero segura de que estaba frente a algo que era, ni más ni menos, literatura. Solo que a esa literatura nadie la había escrito.

Eso es una copla: una estrofa corta, de cuatro versos, que rima y que se canta. En el norte argentino -Salta, Jujuy, sobre todo en la Quebrada de Humahuaca- es carnaval. En febrero, la copla se activa: se "desentierra al diablo" -una figura de carnaval que se saca de la tierra al empezar la fiesta y se vuelve a enterrar cuando termina, como quien guarda el descontrol hasta el año siguiente- y durante esos días las coplas se cantan en rondas, muchas veces en contrapunto: una copla responde a la anterior, la supera, la contesta con más gracia o más filo. Es una batalla de ingenio en verso, en vivo, sin red.

Lo que más me impactó no fue la fiesta en sí, sino entender que esta forma de literatura vive únicamente mientras alguien la canta. No hay libro de coplas que junte todas las que existen, porque las que existen se inventan, se modifican y a veces se pierden en el mismo carnaval en el que nacieron. Una coplera puede tomar una estrofa que le enseñó su abuela y cambiarle una palabra para que le pegue a algo que pasó esa misma semana en el pueblo. Eso, que en un libro sería "una edición corregida", ahí es simplemente cantar.

Por eso el título de esta entrada. Casi nada de lo que se canta en esas rondas queda escrito en ningún lado. Hay una excepción enorme que vale la pena conocer: Leda Valladares, cantante y folklorista, se pasó gran parte de los años sesenta y setenta viajando por el norte con un grabador, juntando bagualas y coplas de voces que nadie más iba a registrar. Sin ese trabajo, buena parte de lo que hoy se puede escuchar -su disco Grito en el cielo es un buen punto de partida- se habría perdido con quienes lo cantaban. Ella fue, en cierto modo, la única que se puso a transcribir lo que el resto de nosotros solo escuchamos de paso.

Si algún día viajás al norte en época de carnaval -y te lo recomiendo con todas las letras- llevate el oído más atento que la cámara. Quedate un rato de más en una ronda de coplas aunque no entiendas cada verso. Vas a estar escuchando una forma de contar historias tan válida como cualquier libro, solo que esta se transmite de boca en oído, generación tras generación, sin necesitar una sola página para sobrevivir. A mí me hizo pensar distinto qué es, en el fondo, "leer": a veces es abrir un libro, y a veces es sentarte en una plaza a escuchar algo que nadie va a escribir jamás.