Eli Tarasiuk
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Clásicos de cerca

Quién fue Tolstói antes de Guerra y paz.

El conde que el mundo iba a mirar como una conciencia moral llevaba, a los diecinueve, la cuenta de sus propios fracasos como quien lleva un libro contable.

7 min de lectura

Libro antiguo de tapa verde con hoja seca como marcapáginas sobre mesa de madera

A los diecinueve años, León Tolstói se sentó a escribir sus propias reglas de vida. Levantarse a las cinco. Dormir a las diez. Comer poco y sin dulces. Caminar una hora por día. Hacer una sola cosa a la vez. No dejarse llevar por la imaginación. Visitar burdeles, como máximo, dos veces al mes. Las escribió en su diario con la solemnidad de quien redacta una constitución, y las incumplió casi de inmediato. Las entradas siguientes están llenas de una sola palabra repetida con distintas variantes: nada, casi nada, mal. El mismo hombre que ochenta años más tarde el mundo iba a mirar como una conciencia moral llevaba, a los diecinueve, la cuenta de sus propios fracasos como quien lleva un libro contable.

Esa contradicción no es anécdota. Es el personaje entero.

Nació conde en 1828, en Yasnaia Poliana, con un apellido que venía de varios siglos atrás y una familia emparentada con los Volkonski, la misma estirpe que Tolstói le iba a prestar después al príncipe Andréi. Se quedó sin madre a los dos años y sin padre a los nueve. Lo criaron parientes, entre casas grandes y silencios más grandes todavía. A los dieciséis entró a la Universidad de Kazán a estudiar derecho y lenguas orientales. Sus profesores dejaron una frase que hoy sonaría a chiste si no fuera tan precisa: que era tan incapaz como poco dispuesto a aprender. Abandonó sin terminar nada y se fue a vivir entre Moscú y San Petersburgo con la única disciplina de no tener ninguna.

Ahí perdió, jugando a las cartas, buena parte de lo que había heredado - hay quien dice que perdió hasta un ala entera de la casa de Yasnaia Poliana, que el comprador desarmó y se llevó en carros. Con las deudas encima, se fue al Cáucaso detrás de su hermano mayor, se sumó al ejército y terminó de artillero en el sitio de Sebastopol, durante la guerra de Crimea. Ahí, en medio de la matanza, no dejó de escribir. De hecho, empezó recién ahí: Infancia se publicó en 1852, todavía de uniforme, y los Relatos de Sebastopol un par de años después, con la guerra puesta en la página sin ninguno de los adornos con que solía contarse el heroísmo militar en esa época. Tenía menos de treinta años y ya era, para la crítica rusa, alguien a quien había que leer.

Lo que vino después importa más de lo que suele contarse cuando se habla de "el autor de Guerra y paz". En 1857 viajó a París y presenció una ejecución pública. Volvió transformado: le escribió a un amigo que el Estado era una conspiración organizada para corromper a sus ciudadanos y que no iba a volver a servirle a ningún gobierno. En un segundo viaje, a comienzos de 1860, conoció a Victor Hugo y al anarquista Pierre-Joseph Proudhon, que estaba por publicar un libro llamado La guerre et la paix. El título se le quedó grabado. Volvió a Rusia con la cabeza llena de preguntas sobre el poder, la historia y la libertad individual que todavía no tenían forma de novela, pero que unos años después iban a ocupar mil quinientas páginas.

En 1862 se casó con Sofía Behrs, de dieciséis años. La noche anterior a la boda le entregó sus diarios enteros, con el detalle completo de su vida sexual anterior. Ella los leyó. Se casaron igual. Y esa mujer que empezó la relación con esa escena terminó copiando a mano, una y otra vez, cada revisión de Guerra y paz - el manuscrito completo se reescribió a mano varias veces, y varias de esas veces la letra era la de ella. La novela que hoy leemos como la cumbre del siglo XIX ruso salió, en buena parte, de ese matrimonio empezado con una confesión brutal y sostenido con un trabajo silencioso que la historia literaria rara vez le reconoce con nombre propio.

El conde que veinte años más tarde iba a intentar renunciar a sus derechos de autor, repartir sus tierras entre los campesinos y vivir como un asceta cristiano -para desesperación de Sofía, que veía desmoronarse el patrimonio de sus hijos- no apareció de la nada en la vejez. Ya estaba, entero, en el joven que se imponía reglas imposibles de cumplir y se castigaba en su diario cuando no las cumplía. La diferencia entre el Tolstói de diecinueve años y el de ochenta no es que uno fuera indisciplinado y el otro un santo. Es que nunca dejó de discutir consigo mismo sobre qué clase de hombre merecía ser, y tuvo la honestidad -o la obsesión- de dejarlo todo por escrito.

Quizás por eso sigue siendo incómodo de leer. No porque haya resuelto la pregunta de cómo vivir bien, sino porque se pasó la vida entera sin resolverla y sin dejar de intentarlo delante de todos. Antes de ser el autor de Guerra y paz, Tolstói fue eso: un hombre en guerra permanente con su propia paz. Lo demás - la novela, la fama, la leyenda del sabio de barba blanca - vino después, y en gran parte, a pesar de él.